UN SENDERO DE AMOR

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Sohbet de Al Hayyi Orhan Baba al-Halveti al-Yerrahi

Bismillahir Rahmanir Rahim

En el Nombre de Allah, Clemente, Misericordioso

Se dice que un hayyi es aquel que ha realizado el rito de Peregrinar hacia la Meca al menos una vez en su vida, y Allah me ha permitido, con Su Gracia y Generosidad, estar allí seis veces.

La palabra Califa, en el caso de las Cofradías Sufís, significa aquel que ama a su maestro inmensamente. Es aquel que está unido con su maestro en espíritu. Nuestra Orden Halveti Yerrahi fue fundada en el siglo XVII por nuestro santo llamado Hz. Pir Nureddin al Yerrahi (qsf) quien nació en Estambul, y en el siglo XVIII recibió la orden de comenzar con esta Cofradía. Y desde entonces funciona allí y en todo el mundo.

Para entender Sufismo deberíamos, de acuerdo a nuestra creencia, explicar el comienzo de la Creación. HU es el nombre de la Esencia de Allah, y no hay realmente una traducción para entenderlo. Quizás podríamos pensar en Él, pero es mucho más que eso. Para entender cuál es la obligación del ser humano en la tierra, debemos remontarnos a como fue el comienzo de la Creación.

Recuerden que en la tradición islámica todo está basado en el Sagrado Corán y en las Tradiciones del Profeta Muhammad (saws), sin desviarnos ni un punto de ambos. El Universo comienza con la orden de Allah, en árabe, quien dijo: “¡Kun!” (Sé) y la Creación fue creada. Esta palabra está compuesta por dos letras: ka y nun. La primera viene de kemal, que es perfección, y la segunda, nun, es el comienzo de la palabra Nur o Luz Divina. Esa Luz es lo primero que aparece, la Luz Primordial de la cual todo emana.

Llamamos a esa luz “La Luz de los Profetas”. Todo lo que ha sido creado procede de esa Luz, el resto de la Creación. Las almas estaban muy cerca de Él al momento de ser creadas totalmente absorbidas por Su imagen, bañadas por esa luz Divina que nació con la palabra ¡KUN!

En un momento, Allah le pregunta a las almas:

“¿No soy Yo vuestro Señor?” y de esas palabras, de esa voz que no tiene ni tiempo ni lugar surge el comienzo de los sonidos, la esencia de todos los sonidos que existen. Toda la música sagrada proviene del sonido de la voz de Allah al comunicarse con las almas. Toda la música que eleva al alma y al corazón proviene de esa semilla.

Las almas permanecen por milenios en la presencia de Allah y en cierto momento Allah les ordena que comiencen a descender hacia Su Creación material, a esta existencia, a esta creación. Y las almas comenzaron a descender y se mezclaron con los cuatro elementos básicos, y en ese descenso pasaron por el agua y se humedecieron, luego pasaron por la tierra y se enlodaron, luego pasaron por el aire y el lodo se convirtió en arcilla y finalmente pasaron por el fuego, donde se convirtieron en una vasija de arcilla modelada por el fuego. El alma quedó entonces encerrada en esa vasija, que no es otra cosa que nuestro cuerpo, y esa es nuestra existencia.

El ser humano tiene entonces el espíritu hecho de la esencia de Allah, y el resto del cuerpo de estos cuatro elementos de los cuales este Universo ha sido creado. Nuestra prueba es ir a través de esta vida buscando el regreso a ese momento tan hermoso en el que las almas estaban frente a Él. Este cuerpo es el burro que nosotros debemos montar durante la trayectoria en esta vida.

Ahora la pregunta es cómo podemos regresar a Él. Allah nos ha dado dos cosas: la voluntad y el pensamiento para poder entender el motivo de Su Creación. Si analizamos los elementos de los cuales estamos compuestos vemos que hay una parte divina en cada uno de nosotros y una parte material. Es decir que nuestra tarea es traer lo divino a esta dimensión y mostrar Sus Atributos a través de nuestras acciones y la búsqueda del conocimiento. Nuestra misión es traer amor, traer compasión, traer misericordia.

Hay muchas versiones acerca de cómo comienza la palabra Sufismo, pero lo que más importa es que es un Camino en el cual el derviche desea convertir el plomo en oro, moverse de la esfera del mundo material al mundo espiritual sin abandonar el mundo. Esa es la transformación que el buscador espiritual intenta lograr.

Se dice que Sufismo, en nuestras Tradiciones, comienza con Hz. Muhammad (saws), aunque en realidad comienza con Allah, y es la verdad que ha permanecido a través de los siglos con Su Palabra, que fue transmitida a toda la Creación a través de todos los Profetas que Él envió a esta tierra, comenzando por el Primer Hombre, Adán (as).

Durante el comienzo de la época islámica se decía que Sufismo era un estado sin nombre. Pero a través de los siglos, como sucede con todas las cosas, se dijo que es un nombre sin estado, porque cada vez es más difícil llegar a esa comunicación con Allah.

El sufí tiene la obligación de estar en el mundo y servir a Allah. Las Órdenes o Cofradías Sufíes que existen, alrededor de 400 en el mundo, tienen diferentes maneras de realizar las Ceremonias de Remembranza, pero todas son ramas del mismo árbol. En nuestra Tradición el Sufí trabaja y es mejor esposo, mejor esposa, mejor madre, mejor hermano, mejor hermana, mejor hijo e hija que el resto, simplemente porque trabaja en eso. Trabaja por Amor a Allah.

Nuestro Sheikh Sefer Efendi (ra) decía:

“El derviche mantiene sus manos en el mundo y su corazón con Allah de manera permanente”.

No es necesario encerrarse para caminar y transitar un Camino Místico. Es necesario estar en este mundo, porque si no ¿cómo vamos a saber cuáles son las diferencias, como vamos a tener experiencias entre una cosa y otra? Muchos de los grandes Sheikhs sufís no sabían leer ni escribir, y al mismo tiempo nuestro Profeta Muhammad (saws) dijo:

“Busquen conocimiento, y si es necesario lleguen hasta la China para obtenerlo”.

El conocimiento al que él (saws) se refería no era solamente el conocimiento de cómo funciona el universo, de cómo es este mundo, sino el conocimiento interior.

Una vez, un derviche pasaba y vio a un maestro que enseñaba árabe. Esa era su profesión y había que pagarle. Como no había escuelas en ese momento, enseñaba en las calles y escribía él mismo las letras en la pared. El derviche se acercó y le pidió por favor que le enseñase el árabe, pero le dijo que no tenía dinero para pagarle. El maestro simpatizó con la sinceridad de este derviche y le dijo:

“¡Cómo no!, siéntate por favor”. Y trazó una línea indicándole la letra Alif’, que es la primera letra del abecedario árabe. El derviche vio la letra, le dijo “Muchas Gracias”, y se marchó.

El Maestro se quedó perplejo, ya que lo primero era aprender tres o cuatro letras y llegar a ver cómo se pueden combinar pero el estudiante se fue contento con eso. El maestro pensó: “Bueno, volverá mañana”. Pero al día siguiente no regresó, y al siguiente tampoco, y ya no volvió. El maestro, al ver que no regresaba, pensó: “Se habrá arrepentido, no le habrá gustado y desea continuar siendo un ignorante”.

Pasaron los meses, y el maestro estaba nuevamente enseñando en una pared cuando apareció el derviche. El maestro le dijo: “¡Pensé que no te había gustado la lección!”. El derviche le respondió: “¡No, No, No! Lo que me enseñaste fue maravilloso. Tuve que retirarme para asegurarme que había aprendido lo que me habías enseñado”. Y el maestro le dijo: “Bueno, como hago con todos los estudiantes, vamos a ver si aprendiste. Por favor dibuja la letra Alif en la pared”. El derviche trazó la letra en la pared y al terminar, la pared se derrumbó.

La verdadera sabiduría es aquella que aplicamos y sobre la cual actuamos. Adquirir conocimiento y no usarlo es ser equivalente a un burro, a quien todos los días le vamos agregando una rama y eventualmente, la suma de todas esas ramas terminarán por quebrarle la espalda. No sirve. Ese es el método, el cual seguimos. Aprendemos y vivimos en este mundo, tratando de tener nuestro corazón con Allah en todo momento pero trabajando aquí para Su Creación. Esta es nuestra seclusión:

“Estar en el mundo pero no ser tentados por este Mundo”.

El progreso espiritual no implica también saber muchísimo sin saber usarlo. El progreso espiritual se mide en la adquisición de la maestría, en cada una de las cosas que aprendemos. Ese fue el ejemplo que dimos, de aquel que realmente se convirtió en la letra Alif.

Al servir a la Comunidad de Allah, debemos saber qué es lo que nuestro vecino necesita. No es suficiente para nosotros tener para comer, para beber, para vestirnos y no ser generosos con aquellos que viven a nuestro lado. Amor es la base de todo lo que existe. Sin amor, un ser humano es un cuerpo que ya está muerto. Quien no tiene amor, está muerto en vida, está seco. Es un árbol sin hojas.

Una vez había una Cofradía de Derviches, que con el pasar de los años fue decreciendo en número, por lo que quedaban cuatro miembros: El Sheikh y tres discípulos. Todos ellos fueron haciéndose mayores y veían que nadie se acercaba a interesarse por el Camino. Por supuesto que su preocupación no era morirse, en absoluto, sino que la preocupación era que la Sabiduría de ese Camino iba a cesar cuando el último de ellos se fuera al Más Allá.

Alguien les recomendó que vayan a ver al rabino del pueblo, que era un hombre de inmensa espiritualidad, que conocía alguno de los secretos de Allah y que fueran a pedirle consejo.

Entonces el Sheikh junto a sus 3 derviches fueron a visitarlo y le dijeron:

”Somos cuatro, y en algún momento partiremos hacia el Mas Allá y no sabemos cómo hacer para compartir este conocimiento. ¿Que nos recomienda usted que hagamos para atraer a jóvenes o de qué manera podemos pedirle a Allah que los envíen?”.

El rabino los miró, se sonrió y les dijo:

“Miren, yo tengo el mismo problema. Hay muy poca gente que está interesada en el Camino a Allah. La mayoría de los jóvenes están atraídos por el mundo, la música, salir y divertirse. ¿Quién quiere estar hablando de Allah, de rezar, de estar en estado de ablución, del Camino, de unirse a Él? Ellos están preocupados por otras cosas del mundo. Pero, si ustedes me permiten, en mis meditaciones vi que uno de ustedes es el QUTB (Polo Espiritual) de esta época. El que sea el QUTB debería ser quien le pida a Allah que renueve la Orden”.

Entonces comenzaron a mirarse entre ellos, y dijeron: “Debe ser el Sheikh, quien está más cercano a Allah”, pero el Sheikh sabía que no era él, y dijo: “Debe ser Ahmed, quien es el que conduce el rezo”. Pero Ahmed pensaba que era Abdullah, quien realizaba el llamado al Rezo. Y Abdullah dijo: “Yo no soy, pero quizás sea Selim, quien es el más humilde de todos”.

Al no saber quién era el Qutb, comenzaron a darse señales de respeto unos a otros, y de esa señal de respeto y compasión, el AMOR que existía entre ellos se incrementó, y la Luz de ese AMOR hizo que el lugar donde ellos vivían se iluminara. Con esa Luz de pronto la gente comenzó a llegar para realizar el Dhikr. El monasterio donde vivían, que tenía una plantación de manzanares de los cuales vivían, comenzó a llenarse de jóvenes que comenzaron a transitar ese Camino.

Servir a la Creación de Allah tiene un poder de transformación inigualable. Y conocemos muchos casos, como el caso de la hija del Sultán Beyazid, quien era muy devota y dedicaba su vida a construir hospitales, escuelas, refugios para los pobres, e hizo cavar cientos de lugares para que la gente que llegaba sedienta pudiera beber agua. Un día estaba construyendo un hospital que quedaba cerca de la Mezquita y fue a ver cómo estaba la obra. Era una mujer de la sociedad y llevaba consigo unos parasoles. Mientras caminaba, miró y vio una hormiguita que estaba caminando por una madera a punto de caerse en un pozo de cal. Con la punta del paraguas, hizo que la hormiga subiera y se salvara.

Pasaron los años, y partió al Más Allá. Un día alguien tuvo un sueño donde se la veía sonriente, joven y muy feliz. Esta persona le pregunta: “¿Cómo has logrado estar en ese Paraíso?”, y ella le responde: “¡No! Yo no tengo nada que ver. Esto se lo debo a una hormiguita”.

En la época en la que Bagdad era el centro de la civilización occidental, donde se encontraban las mejores mentes y escuelas, había un Sultán que se llamaba Harun i Rashid que tenía por costumbre salir a caminar. Un día ve a un viejo jardinero que estaba plantando palmeras en un manzanar. Mira lo que está haciendo y le pregunta:

“Dígame, ¿Cuánto tiempo van a tardar estas palmeras en crecer?”. El hombre le responde: “De un promedio de 10 a 20 años, y algunas pueden tardar 100”. El sultán le dice: “¿Usted piensa que va a vivir tantos años como para disfrutar de estos dátiles que darán las palmeras?”. Y el hombre responde: “No mi sultán, yo sé que no voy a estar tantos años en la tierra, pero acaso, ¿no estamos nosotros comiendo de los árboles que otros han plantado antes que nosotros?”.

Al sultán le gustó la respuesta por lo que sacó una bolsa con monedas de oro y se las dio. El hombre le dice: “¡Oh, gracias, mi sultán! ¡Apenas he comenzado a plantar las palmeras y ya han empezado a dar sus frutos!”.

Al sultán le gustó mucho más esta segunda respuesta y le da otra segunda bolsa con monedas de oro. Y el hombre dice: “¡Oh, Allah, Allah, todavía no he comenzado a disfrutar de esta primera cosecha que ya me das la segunda! Generalmente las palmeras dan frutos una vez al año y ¡esta ya ha dado dos!”.

El sultán le da una tercera bolsa con monedas de oro y le dice a sus funcionarios: “¡Vamos! ¡Vamos! que si sigo hablando con este hombre me quedaré sin riquezas”.

De Allah nos separan setenta mil velos. Entre nosotros y Él hay setenta mil velos. Entre Él y nosotros no hay ninguno. Aquel que busca lo encontrará.

El poeta dijo:

“¡Oh, buscador! ¿Hacia dónde vas?
¿No ves que no hay un punto de partida
ni un punto de llegada,
porque no hay lugar a donde ir?
Lo que tú buscas, está dentro de ti.
Y si puedes ver dentro de ti,
¿Cómo es que buscas algo?
¿O acaso hay algo que exista además de Allah?
LA ILAHA ILLAH LLAH, Nada existe sino Allah.
Entonces si buscas, ¿qué vas encontrar sino a Allah?
Entonces, si Él sólo existe,
¿para qué comenzar la búsqueda?”

Un Sheikh invitó a una fiesta en su casa a las personas más notables de la ciudad, y como corresponde en la hospitalidad musulmana, hay que dar lo mejor a los invitados. Esa noche se prepararon los mejores platos, las mejores carnes, los mejores dulces, pero faltaba un poco de color en las mesas por lo que les pidió a sus discípulos que fuesen por allí, y sin que nadie los viese, le trajeran las mejores flores para embellecer el lugar. Como en todos los grupos, hay algunos que se dedican a Allah más que otros.

En este caso, todos estaban celosos del pobre Ahmed, quien era el más sencillo y humilde de todos. Oyeron lo que el maestro les pidió, y al poco tiempo regresaron con las mejores flores, los mejores ramos, y se las presentaron al Sheikh, quien las fue colocando en los jarrones que adornaban las mesas.

De pronto apareció el pobre Ahmed con las manos vacías y todos comenzaron a reírse de él. El Sheikh le dijo: “¿Que sucede, Ahmed? ¿Acaso no has oído mis órdenes de que trajesen las flores sin que nadie los viese? Y Ahmed le respondió: “¡Oh, mi Sheikh! Lo he oído perfectamente, pero por donde fuese, miraba hacia todos lados, y en todo momento lo veía a Allah, que siempre me estaba mirando”.

As salam aleykum wa rahmatullah wa barakatuhu.

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