EL AMOR A ALLAH

EL AMOR A ALLAH

EL AMOR A ALLAH

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¡Oh, mi generoso Maestro! Creaste a este tu siervo y le diste el ser a partir de una gota de agua. No tengo siquiera derecho a decir que te amo, y sin embargo te amo. Siempre me acuerdo de Ti  y sé incluso que el hecho de poder recordarte lo debo a Tu Guía. La sola mención de Tu nombre majestuoso me deja ebrio, aturdido y azorado.

¿Es acaso posible imaginar a alguien en este mundo que, enamorado de lo Divino no se intoxique con su amor? La bendición del amor es tan grande que quien la posee puede perderse en las arenas ardientes del desierto y el fuego del amor hará que no sienta el calor. Si el amante cayera al fuego, el calor de su amor extinguiría ese fuego. El fuego del amor derrite los glaciares y los polos. Si cargara en sus espaldas peñas y montañas, el fuego del amor eliminaría el peso. El amor nos hace olvidar la sed y el hambre y nos sostiene en el camino.

A cada criatura le corresponde una cierta porción de amor. Hasta los animales cuando se enamoran son capaces de andar durante días sin comer ni beber. Hasta los pobres camellos, cuando el amor se les sube a la cabeza, no prueban alimento en cuarenta días. En ese estado se les puede hacer llevar varias veces el peso de su carga habitual. Su inclinación y deseo por la amada los vuelve inmunes a cualquier tipo de pena o tormento, hasta el grado de que no se percatan de que existe.

Hablando con franqueza:
Si el camello,  un mero animal a fin de cuentas, herido de amor desprecia la comida y la bebida, sin importarle la agonía y el sufrimiento, ¿qué evidencia, qué clase de prueba pueden dar como prueba de su amor quienes claman amar a Dios? ¿Son capaces de renunciar a las cosas que prohíbe Dios, a Quien dicen amar? El amante no se duerme en la presencia del amado. ¿Cuántas noches se han pasado en vela por amor a Dios? ¿Cuántos días se han privado de alimento y bebida por amor a Allah? ¿Cuántas desventuras y dificultades han sufrido por el amor del Verdadero Amado?

Mí querido amigo:
¿Estás dispuesto a sacrificarte a ti mismo, tu propiedad, tu rango y situación, hasta a tus hijos por el amor del Amado? Si no has sido ni eres capaz de hacer eso, tus pretensiones de amar no provienen más que de la falsedad y la hipocresía. Quien ama a Allah Todopoderoso tiene que sacrificarse por su amor. Tal es el símbolo del amor. Así sea el infierno, el amante verdadero prefiere aún más que al cielo mismo el lugar a donde lo invita el amado. Si lo invita a la muerte, la muerte le parecerá más dulce que la propia vida.

Cuando Ibrahim Hawwas fue interrogado acerca de la naturaleza y significado del amor a Allah, respondió lo siguiente:

“Consiste en expulsar y borrar del corazón todo lo que desagrada a Allah, Señor de la Majestad y la Perfección, quemar hasta las cenizas todas las características, atributos y deseos negativos, que se aparten de lo que manda el Verdadero Amado, depurar el yo en el océano del conocimiento espiritual e iluminarlo con el esplendor del amor”.

Hemos dicho que el sentimiento del amor es la condición resultante de la inclinación del corazón hacia todo lo que complace y encanta nuestra naturaleza. Cuando esta condición se instala en el corazón y crece en intensidad, se conoce como el Poder Soberano del Amor. En ese punto el amante sacrifica por el amado la lógica y el interés, obedeciéndole en completa sumisión, y está dispuesto a dar todo lo que tiene por el bien del ser amado. La regla según la cual todo lo que el amante posee es para el rescate del amado, alcanza su más alto cumplimiento en esta etapa del amor. El que no acepte dar la vida por su amor, no puede adjudicarse el título de amante. En el ilustre Sura Yusuf del Noble Corán definido por Dios como “la mejor de las historias”, se nos revela el episodio de la esposa de Putifar de Egipto, de fabulosa belleza, que por su amor a José, la paz sea con él, “rompió la botella de la vergüenza y la modestia” y sacrificó sus propiedades, su honor, su buen nombre y todas sus riquezas cuyo valor ascendía a setenta camellos cargados de oro, plata, diamantes y perlas, rubíes y esmeraldas, sus palacios y su poder. La historia relata cómo llovían las joyas sobre la persona que le llevara noticias de José o le dijera, “Vi a José”. Su amor a José era tan grande que dio y repartió hasta quedarse sin nada. Lo llamaba por su nombre sin cesar. Lo veía en las estrellas del cielo, e imaginaba su nombre inscrito sobre el sol y la luna.

Y realmente así es. El amante ve en todo al amado; hacia donde dirija la mirada, verá el nombre y la forma del amado, y no vacilará en sacrificarlo todo por su causa. Zulayka estaba, en realidad, enamorada de Allah, Alabado Sea. La verdad Divina se había manifestado en ella a través de José, bendito sea. En esencia, todos los amores se relacionan y se refieren al Verdadero Amado. No obstante, sus manifestaciones son diversas. El amante atestigua la manifestación del amado. Por eso el sabio no se limita al amor metafórico sino que tarde o temprano alcanza al Verdadero Amado. El amante ve en su amado al Verdadero Amado. El ser a quien amamos es un velo sobre el Verdadero Amado; cuando el velo se rasga, aparece el Verdadero Amado: “Cuando el signo de amor es ganado el amado debe quedar atrapado.”

De esta manera Zulayka lo sacrificó todo por el amor de José. Más tarde su belleza y juventud le fueron restituidas por Decreto Divino, y finalmente pudo unirse a José, quien la había honrado fielmente desde que la viera por primera vez. Sin embargo, una vez casada con José, la paz lo acompañe, le dio por huir de él. Se retiraba a lugares apartados para adorar a Allah en la soledad. Cuando José la llamaba a la cama, ella le prometía que iría al día siguiente, si era de noche, o al anochecer si era de día. José le decía: “¿Por qué te alejas de mí ahora que eres mi esposa legítima? En otros tiempos solía huir de tí cuando me llamabas a compartir tu lecho, porque no me eras lícita. Me rehusaba a aceptar tus favores por temor a desobedecer a Allah. Pero ahora que al fin eres mi esposa, ¿por qué huyes de tu legítimo esposo?”

A lo que Zulayka replicaba: “¡OH Noble José, te amaba antes de conocer a Allah! Pero ahora, ya no es a ti a quién amo. Me parece que tú eras sólo un velo que me ocultaba el rostro de Aquél a quien en verdad amo. Al rasgarse el velo, he descubierto a mi Señor. Desde que encontré a Allah, Alabado Sea, y le conocí, Su amor me conquistó. Ha expulsado de mi corazón todos los otros amores. Su amor exige ser el único, y nada más que Su amor me intoxica”. ¿Ha quedado claro?

Cuando le preguntaban a Majnún cuál era su nombre, sin pensar respondía,”Layla”: Cuando preguntaron a Majnún donde vivía Layla, desgarrándose el pecho les mostró su corazón en ruinas. Cuando Layla murió le dijeron: “Layla ha muerto”. Pero Majnum respondió: “¡No! ¡Layla no ha muerto! Vive en mi corazón. ¡Ved, yo soy Layla!”

Un día Majnum visitó el pueblo en donde había vivido Layla. Al llegar frente a su casa, alzó los ojos al cielo. “No mires al cielo, le decían, observa las paredes de su casa, y quizás veas la forma de Layla reflejada en ellas”. Pero él les contestó:

A Majnún preguntaron si Layla era la misma.
Layla se había ido, aunque pronunciaban su nombre todavía.
A mi corazón ha llegado una nueva Layla.
Vete Layla, porque a Allah he encontrado.

Quien ve a su Señor, deja de ver a Layla,
Quien ve lo grande, ya no mira a la gente,
Quien ve la luna, ya no mira la estrella;
Vete Layla, porque a Allah encontré.

Majnún vino a la Kaaba lleno de añoranza,
Una vez en el círculo lo sacuden gemidos;
Majnún encontró a Allah cuando nombraba a Layla;
Vete Layla, que a Allah he encontrado.

A Majnún lo servían los esclavos mejores;
Ahora las aves anidan su cabeza,
La montaña y el valle se han vuelto nuestro reposo.
Vete Layla, que a Allah he encontrado.

Por la montaña, loco, voy tambaleándome;
Y sólo con Dios tendré que ver. Vete Layla,
que este sentimiento apasionado me hastía.
Vete Layla, que a Allah he encontrado.

Pájaros enormes han hecho su nido en mi cabeza.
Cuando me acuesto a dormir con Allah sueño.
Aléjate Layla, no estorbes mi camino.Vete Layla, que a Allah he encontrado.

¡Oh Yunus!, ven, no abandones estos misterios
Cuando has visto la gracia de Allah, ya no puedes tomar otro
No desertes del lugar de la verdad, por amor del bien
Vete Layla, que a Allah ya encontré.

A Allah sueño si llego dormido.
A un lado, Layla, déjame pasar,
ábreme el camino, olvídame ya.
Layla se fue, y a mi Señor hallé.

Safer Dal Efendi (ra)

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